Debo aburrite ahora con algunas cosas abstractas, pero quisiera que tuvieras paciencia para comprenderlas. Soy un hombre de pasiones, capaz de hacer cosas más o menos insensatas, de lo cual me arrepiento a medias. Me pasa a menudo que hablo u obro con demasiada precipitación cuando sería mejor esperar con más paciencia. Creo que otras personas pueden también algunas veces cometer imprudencias semejantes.
Ahora, ¿qué hay que hacer, debo considerarme como un hombre peligroso e incapaz de cualquier cosa? No lo creo. Se trata de sacar por todos los medios de estas pasiones un buen partido. Por ejemplo, para nombrar una pasión entre otras, tengo una pasión más o menos irresistible por los libros y tengo necesidad de comer mi pan. Tú podrás comprender esto. Cuando estaba en otro ambiente de cuadros y cosas de arte. Sabes bien que sentí entonces por ese ambiente una violenta pasión que iba hasta el entusiamo, y no me arrepiento, y todavía, ahora, lejos del país, siento a menudo la nostalgia por el país de los cuadros.
Ahora no tengo más aquel ambiente, pero ese algo que se llama alma no muere jamás, vive siempre y busca siempre todavía. En vez de sucumbir de nostalgia, dije: «el país o la patria está en todas partes». En vez de dejarme llevar por la desesperación, he tomado partido por la melancolía activa mientras sintiera la necesidad de actuar; en otras palabras: he preferido la melancolía que espera y aspira y busca, a la que, abatida y estancada, desespera.
He estudiado más o menos seriamente los libros a mi alcance, como la Biblia y la Revolución Francesa de Michelet, y el invierno pasado Shakespeare, un poco Victor Hugo y últimamente Esquilo y después algunos otros.
Así, cuando uno vive absorbido por todo esto, a veces resulta enojoso para otros y, sin quererlo, más o menos peca contra ciertas formas, usos y convenciones sociales. Por ejemplo, sabes bien que a veces he descuidado mi aseo, lo admito, y admito que eso es desagradable. Pero he aquí que la molestia y la miseria existen para algo: son un buen medio de asegurarse la soledad necesaria, para poder profundizar más o menos tal o cual estudio que nos preocupa. Hoy resulta que llevo 5 años tal vez, no lo sé exactamente, viviendo más o menos desarraigado, errante. Ustedes han dicho: ¿después de tal época te has rebajado, te has extinguido, no hiciste nada? Esto es completamente cierto.
Es verdad que a veces gané mi pedazo de pan, a veces un amigo me lo dio por lástima, he vivido como pude, lo mismo bien que mal, como se presentaba. Es verdad que perdí la confianza de algunos y es verdad que mis asuntos económicos se encuentran en un triste estado. Es verdad que el porvenir es bastante sombrío, es verdad que habría podido hacerlo todo mejor, es verdad que nada más que para ganarme el sustento perdí demasiado tiempo. Es verdad que mis estudios siguen en un estado bastante triste y desesperante, y que es más lo que me falta que lo que tengo. Pero, ¿a eso le llamas descender, a eso le llamas no hacer nada?
Dirás tal vez: ¿por qué no seguiste por el camino de la universidad? No contestaré nada, salvo esto: ese porvenir no era mejor que el presente que ando siguiendo. Pero en el camino en que me encuentro tengo que seguir. Si no hago nada, si no estudio, si no busco más, entonces estoy perdido. Entonces, desgracia sobre mí.
Así es como encaro las cosas: seguir y seguir, eso es lo necesario.
Pero, ¿cuál es tu propósito definitivo?, dirás tú. Este propósito se vuelve más definido, se dibujará lenta y seguramente como un croquis se hace esbozo y el esbozo cuadro a medida que se trabaja más seriamente, que se profundiza más la idea, en principio vaga, el primer pensamiento fugitivo, a menos que se haga fijo.
—
Dentro de mis infaltables siempre: Vincent van Gogh.
De las cartas a Théo, julio 1880.